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Colombia, líder en autoempleo en la Ocde: una alerta sobre la calidad del trabajo y la fragilidad del mercado laboral

Empleo Colombia, Panorama laboral Abr 07, 2026

Aunque las cifras recientes del mercado laboral han mostrado señales positivas en materia de ocupación, un nuevo informe de la OCDE encendió las alertas sobre la calidad del empleo en Colombia. El país no solo continúa enfrentando altos niveles de informalidad, sino que además lidera el ranking de autoempleo entre los miembros de este organismo, con un 47,1% de los trabajadores ocupados bajo esta modalidad.

El dato es contundente: casi uno de cada dos colombianos trabaja por cuenta propia. Detrás de esta cifra no solo hay una característica del mercado laboral, sino una señal estructural sobre las limitaciones que tiene la economía para generar empleo formal, estable y con garantías.

El fenómeno no es reciente ni coyuntural. De hecho, el comportamiento del empleo en los últimos años confirma que el crecimiento de la ocupación se ha sostenido principalmente en el trabajo independiente. Se estima que cerca de seis de cada diez nuevos empleos que se generan en el país corresponden a personas que deben crear su propia fuente de ingreso, muchas veces sin acceso a seguridad social ni estabilidad económica.

En términos prácticos, esto significa que millones de colombianos viven del llamado “rebusque”: actividades informales, pequeños negocios familiares o trabajos independientes que, aunque permiten subsistir, no garantizan protección frente a riesgos como enfermedad, vejez o desempleo.

Comparado con otros países de la OCDE, el contraste es evidente. Mientras Colombia se acerca al 50% de autoempleo, economías como Estados Unidos, Canadá o Dinamarca registran cifras inferiores al 10%. Incluso en América Latina, países como México y Costa Rica presentan niveles considerablemente más bajos.

Esta brecha no es casual. Responde, en gran medida, a la estructura productiva del país. Fuera de las grandes ciudades, predominan las microempresas y unidades productivas de pequeña escala, muchas de ellas con menos de cinco trabajadores. Este tejido empresarial fragmentado limita la capacidad de generar empleo asalariado formal y empuja a millones de personas hacia el trabajo independiente como única alternativa.

El problema se agrava cuando se analiza la calidad de estos empleos. Estudios académicos han evidenciado que una alta proporción del autoempleo en Colombia es informal, con bajos ingresos y escasa productividad. En muchos casos, se trata de ocupaciones de subsistencia que no permiten mejorar las condiciones de vida ni generar movilidad social.

A esto se suma un factor determinante: los ingresos. Cerca de la mitad de los trabajadores en el país gana menos de un salario mínimo, y una proporción significativa recibe incluso menos de la mitad. En este contexto, el autoempleo deja de ser una opción y se convierte en una necesidad.

La desigualdad también juega un papel clave. El acceso a educación superior sigue siendo limitado para los sectores de menores ingresos, lo que restringe sus posibilidades de acceder a empleos formales y mejor remunerados. Mientras en los niveles más altos de ingreso más de la mitad de las personas cuenta con formación técnica o profesional, en los sectores más vulnerables esta cifra es mínima.

Por otro lado, los costos laborales y tributarios continúan siendo un desafío para la formalización. En Colombia, los costos asociados a la contratación formal representan una proporción significativa del salario, lo que desincentiva la creación de empleo formal, especialmente en pequeñas y medianas empresas. A esto se suma una carga tributaria que, en comparación con otros países, resulta elevada para el sector productivo.

Todo esto configura un escenario complejo: una economía que genera empleo, pero no necesariamente empleo de calidad. Un mercado laboral que crece en cantidad, pero no en condiciones. Y un país donde el esfuerzo individual reemplaza, muchas veces, la ausencia de oportunidades estructurales.

El liderazgo de Colombia en autoempleo dentro de la OCDE no puede leerse como un logro, sino como una advertencia. Es el reflejo de un modelo productivo que aún no logra ofrecer alternativas suficientes de formalidad, estabilidad y protección social.

El reto hacia adelante es claro: transformar esa realidad. Impulsar la productividad, fortalecer el tejido empresarial, reducir las barreras a la formalización y ampliar el acceso a educación y oportunidades. No se trata solo de generar empleo, sino de garantizar que ese empleo permita vivir con dignidad.

Porque al final, más allá de las cifras, lo que está en juego es la posibilidad de que millones de colombianos puedan dejar atrás el rebusque y construir un futuro con mayor estabilidad.

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